Cómo he adelgazado gracias a una app

He perdido cuatro kilos sin demasiado esfuerzo. Mi dieta funciona así: antes y después de cada comida miro el móvil. Después de pesarme, también. Y cuando hago ejercicio, lo mismo: enciendo el móvil y lo miro. Lo miro nada más levantarme, antes de desayunar. Y luego por la noche, antes de acostarme.

El truco, si así puede llamarse, está en mirar el móvil cada vez que estoy a punto de comer o de hacer ejercicio. Pero no es el móvil lo que me está haciendo comer mejor y más sano, sino mirarlo. Y no miro cualquier cosa, sino una aplicación concreta, una que me ayuda a recordar la batalla contra la grasa en la que llevo enfrascado desde hace más de una década.

La aplicación se llama Noom, y la descargué una tarde de otoño, cuatro horas después de que fuese a comprar ropa nueva y me llevase un buen susto.

Todo empezó una tarde de otoño…

30 de septiembre 2013. Ese nefasto día entré en la tienda pensando que mi talla no había variado. Agarré varios pantalones y me fui al probador. Con el primer par ya olí el desastre: ni siquiera conseguí acercar los cierres. “Vaya costuras más pobres”, musité. Con el segundo pasó lo mismo; atribuí las dificultades a que eran un par de vaqueros de pernera estrecha. El tercero y cuarto agrietaron mi autoconcepto, que se derrumbó al probar el quinto pantalón, una talla más grande.

Preocupado, volví a casa y me pesé: mi cuerpo había trepado hasta los 91 kilos desde lo que yo llamaba el “campamento base”, unos cómodos 86 kilos. Necesitaba entender qué había fallado.Tenía una teoría, o más bien una sospecha: había engordado porque me había confiado, y me había confiado por culpa de una cantidad moderada pero insuficiente de ejercicio físico. Al correr tres veces por semana quemaba más calorías, sí, pero también tenía más hambre, lo que me llevaba a comer sin control. Por otro lado, nunca me pesaba. Le tenía terror a la báscula.

Llegué a una conclusión: necesitaba aumentar mi conciencia nutricional. Tenía que saber qué comía y cuándo. Tenía que conocer mi peso y medirlo al menos una vez a  la semana. Y tenía que saber cuántas calorías quemaba mi cuerpo al hacer ejercicio, y cómo eso modificaba mis necesidades energéticas. Todo eso me permitiría controlar mejor mis hábitos de ingesta, lo que evitaría sorpresas posteriores. El problema era cómo conseguirlo por mi cuenta.

Aquí es donde Noom acudió al rescate. La descargué y ocurrió la magia.

Cómo funciona Noom, la app “adelgazante”

Noom no se anda con rodeos. Lo primero que te pregunta es cuánto peso quieres perder. Mueves la escala y eliges el número de kilos que quieres exiliar de tu cuerpo. Al confirmar, Noom pasa a preguntar más detalles: sexo, altura, edad, peso actual y la velocidad con la quieres perder grasa. A partir de ahí Noom calcula cuántas calorías te toca ingerir a lo largo del día.

Ese número es fundamental: si lo respetas, aseguras una pérdida de peso progresiva y saludable en el tiempo estipulado. Si lo superas no pasa nada: Noom jamás te regaña o castiga. Al contrario, te premia si la usas, con mensajes alentadores y puntos: quiere que la uses todos los días. Solo así seguirás anotando lo que comes. Y es que lo que te va a hacer adelgazar es justo eso: anotar comida y ejercicio. Tomar consciencia de lo que haces.

Por suerte, Noom lo pone muy fácil para anotar cada una de las cinco comidas del día: cuando es la hora de comer, aparece un aviso. La comida se introduce escribiendo su nombre en un cuadro de búsqueda. El catálogo es enorme, e incluye tanto marcas comerciales como recetas típicas y alimentos sin preparar. Si un alimento no está en la base de datos, lo puedes agregar con todos los detalles.

El secreto está en anotarlo todo

Lo importante es anotar el número aproximado de calorías que has ingerido; la precisión es secundaria. Para facilitar las cosas, Noom divide los alimentos en tres grupos: verdes, amarillos y rojos. Los verdes son comida “saludable” y de bajo aporte calórico, como las verduras; los rojos son comida de alto aporte calórico, como el chocolate o el queso curado; los amarillos están en medio (por ejemplo, el pan).

Noom no te obliga a comer más alimentos verdes, solo te informa sobre el tipo de alimentos que ingieres en cada comida. Cuando has comido alimentos del grupo rojo y sigues con hambre, la moraleja es clara: tendrías que haber balanceado más la ingesta. Pero esto Noom no lo dice: deja que seas tú el que saque las conclusiones. No es un sistema preciso y no distingue entre los varios tipos de nutrientes, pero es mucho más sencillo de seguir y entender.

Hay más: podómetro, consejos, foros…

Finalmente, Noom también tiene en cuenta la actividad física. Funciona casi igual que cuando introduces un alimento: eliges el tipo de actividad, el tiempo invertido y la distancia recorrida. Si haces ejercicio, Noom ajusta entonces el máximo de calorías diarias. Y no solo hay deportes, sino también otras actividades, como caminar o limpiar la casa.

Ver cómo cambiaba el tope de calorías tras un vigoroso paseo me motivó a hacer más ejercicio. Para motivarme aún más, pagué un año de Noom Pro, que desbloquea pequeños retos del tipo “¡come cinco piezas de verdura y fruta!” o “¿has bebido más agua?”, así como cuestionarios sobre el estilo de vida y recetas saludables. Noom Pro también da acceso a grupos de autoayuda adaptados a tus objetivos.

Ahora mi báscula sonríe

Tras una semana de uso, Noom me recordó que debía pesarme. Fue un momento emocionante. Subí sobre la báscula y esta escupió un número esperanzador: 89,9 kilos. Un kilo menos que cuando empecé. La gráfica de Noom se ajustó de inmediato, y su pendiente me dijo que alcanzaría mi peso ideal el día de mi cumpleaños. Sin duda un gran regalo…

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