¿La preocupación por la privacidad es exagerada?

Desde que Edward Snowden empezó a contar los trapos sucios de la NSA, lo único de lo que oigo hablar es de privacidad. Me están espiando los tipos malos, se leen mis correos y se ríen de mis selfies.

Para sobrevivir necesitas conectarte a Internet con proxies, Tor, y aplicaciones como Threema. Después, tras subir la foto del café a Instagram, sólo te falta pegarle fuego al PC, para asegurarte. Todo sea por la privacidad.

¿Está justificado este miedo por la privacidad?

Te están espiando. ¿Pero quién?

Con tantas noticias de espionaje de la NSA y sus increíbles poderes para interceptar casi cualquier comunicación, uno no puede evitar sentirse espiado hasta mientras resuelve unos sudokus en el WC. ¿Pero, quién me espía, y por qué?

La preocupación de los “privaciparanoicos” generalmente se divide en cuatro vertientes:

  • El gobierno
  • Hackers u otros criminales, con el objetivo de robarte o estafarte
  • Tu familia cercana (novio/a, compañeros de trabajo…)
  • Las grandes corporaciones, que trafican con tus datos

El gran hermano te vigila

Una búsqueda en Internet de “si no tienes nada que ocultar, no tienes de qué preocuparte” te proporcionará horas de lectura. Es uno de los mayores argumentos a favor y en contra de un tema muy delicado y complicado, casi filosófico.

Por supuesto, a nadie le gusta tener sus comunicaciones -en teoría privadas- bajo el posible escrutinio de una tercera persona, pero evitemos el debate, en cierto modo infructuoso, y seamos prácticos.

Con dos mil millones de usuarios en Internet, cada uno hablando en su propio idioma, es como poco algo fantasioso imaginar que el agente Smith de la NSA está al otro lado del mundo, en su despacho de Maryland, leyendo la conversación con tu novia en su monitor de fósforo verde. Te echo de menos. No, yo más. Cuelga. No, cuelga tú…

En mi opinión no es cuestión de si tienes algo que ocultar o no, sino de si debería importarte y si te merece la pena complicarte la vida por ello. ¿Te sale rentable vivir como un ermitaño, usando programas imposibles y escondiéndote en la red para evitar la posibilidad de que una agencia gubernamental intercepte tus comunicaciones? Algunos pensarán que sí, en mi caso, la respuesta es no.

Los criminales quieren mis datos

Este es probablemente el punto donde los paranoicos de la privacidad tienen más razón. El peligro es real, pero no tan abstracto o misterioso como pudiera parecer. La realidad no es como en las películas: el hombre malo no pulsa un botón y ve tu posición en el mapa, con videovigilancia en tiempo real y hasta tu talla de pantalón.

Los hackers recopilan información, sí, pero generalmente lo único que les interesa es aquello de lo que pueden sacar más provecho. Cuentas de usuario para hacer spam, acceso remoto para usar tu PC como si fuera un zombie y, sobre todas las cosas, datos bancarios y tarjetas de crédito. Generalmente les dará lo mismo tu situación sentimental en Facebook o si estás online o no en WhatsApp, salvo quizá para una estafa más personalizada con ingeniería social.

Pero ni Threema, ni Tor, ni cifrar tu discos duro te salvarán si publicas tus datos a la ligera en Facebook, realizas compras en sitios web que no son de fiar o caes en una página de phishing. El sentido común y una mínima precaución te serán más útiles que el más potente de los cifrados.

Mis amigos me espían

Otra curiosa preocupación por la privacidad viene por parte de aquellos más cercanos a nosotros: nuestra familia y amigos. Tu novia te espía, tu jefe te controla y tus amigos se mofan de tus fotos privadas.

Se lo que buscaste la última semanaLo ideal sería no tener ningún secreto escabroso desconocido por, por lo menos, tu familia, pero esto no es siempre posible. Eric Schmidt, CEO de Google, decía que “si estás haciendo algo de lo que no quieres que nadie se entere, quizá no deberías estar haciéndolo en primer lugar”. Yo añado lo siguiente: o, por lo menos, no lo cuentes o publiques en ningún sitio.

Cada vez que comunicas o haces pública cualquier cosa, ya sea una foto del último café que te has tomado o un tuit sobre lo bueno que estaba un bocadillo de calamares, asumes un riesgo. En manos de otras personas, no puedes tener la certeza de que quedará ahí.

Ni todos los cifrados ni todos los mensajes autodestruibles te salvarán de que el destinatario original del mensaje lo enseñe a otra persona, haga una captura de pantalla o simplemente lo cuente en una conversación informal. Sí, los humanos somos malísimos para guardar secretos.

No obstante, hay pequeñas batallas de la privacidad que sí puedes ganar. Hay aplicaciones que te permiten ocultar cierta información personal de grupos de personas con mayor precisión. La última versión de WhatsApp, sin ir más lejos, ya te permite ocultar tu última conexión, foto y estado de los desconocidos.

Esto es bastante razonable: no tienes una relación igual de cercana con todo el mundo. Igual que no le darías tu teléfono al panadero, querrás ocultar información más privada de los menos conocidos. Por suerte, la mayoría de redes sociales te permiten hacer esto.

Las corporaciones se forran con mis datos

Cada vez que Facebook pestañea, el mundo se estremece y empieza a agitar el brazo mientras grita “¡privacidad, privacidad!”. Sucedió tras la compra de Instagram, WhatsApp y Oculus.

Por supuesto que Facebook quiere tus datos. Es una red social, un perfil online donde expresarte y comunicarte con otras personas. Cuanto más completo sea el perfil, se abren más posibilidades para conectar con otros, compartir intereses comunes y contactar con otras personas.

Por ejemplo, si no rellenas tu información sobre trabajo en Facebook, no recibirás sugerencias de amistad de compañeros de trabajo.

Lo mismo se aplica a Google, dispuesto a absorber toda tu vida digital a través de su excelente oferta de apps. ¿Pero para qué quieren tantísima información de nosotros las empresas como Google o Facebook? ¿Tienen una carpeta con cada uno de nosotros con toda nuestra información?

Una vez más es necesario apelar al sentido común. El objetivo principal es generar un preciso perfil de usuario, necesario para ofrecer sugerencias y servicios más relevantes. Es decir, resultan en publicidad más relevante que, por tanto, en el fondo te beneficia más tanto a ti como a los anunciantes.

Este proceso, a veces calificado como “venta de datos”, en verdad no es algo de lo que te debas preocupar demasiado. De hecho, es la base de productos como Google Now. Es la información que Google tiene de ti (por ejemplo, tus correos) la que permite a Google Now avisarte del tiempo que hace, cómo es el tráfico a casa o a qué hora sale tu vuelo.

Google Now es un claro ejemplo de cómo la recopilación de datos puede serte de utilidad

Es cierto que, en algunos casos, la personalización de la experiencia puede suponerte un problema. Un ejemplo: imagina que estás buscando sorprender a tus hijos con un viaje a Disneyland, y te pasas todo el día buscando información en Google. Al día siguiente, la mitad de los banners que ves en la web son ofertas de este parque de atracciones. Lo ven tus hijos y se acabó la sorpresa.

Para aquellos casos, te recomendamos que leas este artículo: Descubre qué empresas te rastrean.

La privacidad está bien, si no es peor que lo que intentas evitar

No quiero decir con este artículo que proteger tu privacidad sea algo trivial, sino que a la hora de decidir qué aplicación o servicio vas a usar, deberás aplicarle la prioridad que consideres necesaria.

Un caso extremo. En vez de chatear con tus amigos usando la app que todos tienen y usan, intentas convencer a tus 78 contactos de que compren QuePasapp Secure Deluxe, la nueva app de mensajería segura con cifrado irrompible. Salvo que tus amigos sean miembros del gobierno, lo más seguro es que no te hagan ni caso.

En mi caso, veo la seguridad como un añadido que agradezco y no me supone realizar ningún paso adicional. Por ejemplo, navegar con HTTPS, un cifrado transparente, normalito, que se lo ponga algo difícil a un aprendiz de hacker en un hostpot WiFi, o una contraseña segura y fácil de recordar, pero que no tengo que volver a escribir cada día en mi PC que uso solo yo.

HTTPS, un ejemplo de seguridad añadida que no molesta

Mucha gente se extraña cuando les digo que mi teléfono no tiene ni código de desbloqueo. Con deslizar el dedo, está listo para usarse. Esta opción quizá no es para todo el mundo pero, en mi caso, siempre tengo el teléfono a mano y soy yo quien lo desbloquea miles de veces. ¿Por qué hacerme la vida más difícil, a cambio de un beneficio que no está realmente claro? Si alguien te roba el teléfono, créeme, el PIN no va a hacer que te lo devuelva.

Al final, todo se reduce a relacionar el daño que esa infracción en tu privacidad podría causarte, su probabilidad y cuantas molestias diarias te suponen las medidas para evitarlo.

La paradoja

Todo lo anterior se resume en una infinidad de paradojas:

  • Queremos que Google Now nos diga cómo ir a casa, pero no decirle donde vivimos.
  • Queremos que Google Play nos recomiende canciones, pero no que sepa cuáles nos gustan.
  • Queremos que el buscador de Facebook nos muestre resultados relevantes, pero no que guarde nuestras búsquedas.
  • Queremos que Google nos recomiende restaurantes, pero no que sepa dónde estamos.
  • Queremos que los anuncios que vemos sean interesantes, pero no ceder la información sobre ello.
  • Queremos que sólo quienes nos conocen nos añadan a Facebook, pero no que éste tenga la información necesaria para saber quiénes son.
  • Queremos que todo sea gratis, pero no ver publicidad.
  • Queremos comunicarnos con el mundo, pero a la vez nos da miedo que el mundo nos oiga.
  • Queremos que los gobiernos no nos espíen, pero a la vez exigimos que intercepten a los “malos” antes de que sea demasiado tarde.
  • Queremos ser anónimos, pero además que se nos reconozca.

La lista podría seguir. Como ves, todo es cuestión de balance, equilibrio y valorar el grado de importancia según tus circunstancias.

En el fondo, esta nueva moda de preocupación sobre la seguridad de la red, los espías y el anonimato no me parece nada nuevo. A mí ya me lo decía mi madre hace más de una década: “no te fíes de nadie en Internet, está todo lleno de locos y psicópatas”.

Por supuesto, era mentira. En realidad Internet está lleno de gente normal y, sí, también hay algún que otro timo y estafa. Hay que tener cuidado, sí, pero hasta un punto razonable en el que el riesgo justifique las molestias.

¿Eres de aquellos que miran la seguridad y privacidad de todo lo que hacen con lupa, o eres más despreocupado?

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